lunes, 19 de septiembre de 2011

Agosto y a gusto.


















Quería creer. Confiar. Sentir. Quería tantas cosas que me hicieran sentir tranquila, bien. Cambiarme de pellejo, y de cabecita. Sentirme especial aún para. Quería tener la esperanza de que al menos habría un comportamiento justo, y fiel.
Me volví a equivocar.
Pero al errar, una venda de cientos de capas se fueron soltando. De repente. Y se me saltaron las lágrimas. Fue una sensación triste, pero a la vez agradable. No sabría explicarlo. Se me pusieron los pelos de punta, y de mi, empezó a evaporarse una serie de metralla que parecía emparedada a mi alma. Y lo único que quedó en este metro sesenta de cuarenta y ocho kilos, es taaanta paz.
Porque fui constante, cabal y educada. Porque mi conciencia está tan plácida. Porque nunca engañé ni desmerecí. Porque traté de guardar, y evolucionar. Porque no intenté perjudicar.


Porque no hay nada que se me pueda reconvenir. En cambio, tengo una lista casi sin fin de idioteces no para reprocharlas, si no para que salga la mejor de mis sonrisas, y para haberme dado cuenta de la serie de "sin calificación humana" que me he querido rodear. No sentía odio, ni rabia, ni cariño, ni amor.


Dejé de sentir.








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